Hace un par de meses vi Al Sur del Invierno está la Nieve, documental que retrata el paso del invierno en la inhóspita Patagonia chilena. El director, Sebastián Vidal, ya ha residido por diferentes períodos de su vida en el extremo sur del país, yo por mi parte, he sido santiaguina casi toda mi vida. Con ese trasfondo, salí de la sala sin saber bien qué sentir ni qué pensar, acongojada por imágenes de heladas y muerte.
La película es un documental observacional, uno en que la cámara toma su distancia mientras permite que la escena hable por sí misma, sin narración en off ni intervención otra de parte del director salvo una particular excepción.
Este tipo de documental usualmente se problematiza por sus pretensiones de realidad, se asume que como la cámara toma su distancia, evita la reacción y el movimiento, los cineastas no intervienen en escena, ni el montaje entorpece el paso del tiempo con sus cortes; entonces lo presentado es un captura fidedigna del momento.
De allí la problemática, de la apariencia de realidad, porque la cámara siempre es una intervención, siempre tiene presencia, y lo que se elige entre lo que se muestra o no, revela una voz. ¿Cómo podemos decir que la cámara es objetiva cuando esta asume un tiempo y un lugar en el mundo? ¿cuando asume una posición, una perspectiva?
La técnica del documental observacional, entonces, más que aparentar verdad, pareciera fría e indiferente. La cámara, en Al Sur del Invierno está la Nieve, permanece quieta, distante desde sus planos generales, contenta en mostrar los aconteceres de un territorio marcado por la naturalidad de la muerte.
Pareciera gracioso, calificar a la muerte de natural como si fuera algo fuera de ese mundo. Pero en la ciudad, Santiago por lo menos, la muerte está desnaturalizada, es ocultada bajo la alfombra porque esta es un abrupto fin a procesos que demandan continuar para permanecer funcionales. Nuestra vida, nuestra producción y convivencia, es en cierto grado dependiente de la explotación de otros, de la muerte también: al construir una nueva carretera se entiende un costo de vidas asociado a ello, un número de accidentes necesarios para que las personas puedan continuar en su camino. Pero para muchos, incluyéndome, esta relación permanece oculta, bajo la superficie de las cosas.
A Sebastián Vidal y su equipo no le podrían importar menos estas pretensiones, este falso decoro. Su película utiliza las maneras frías y distantes del documental observacional, para realzar el atributo natural de un paisaje gélido, inhóspito e impasible.
La cámara se detiene en la acción de un matadero, el cuerpo degollado de los animales, con el mismo nivel de detención que le presta a un grupo de personas tomando desayuno. Personas relatan la muerte de sus conocidos a garras de pumas o a la crueldad del invierno con la cotidianidad propia con la que en la ciudad conversamos de una mala jornada de trabajo. Porque es parte evidente del día a día.
La cámara, siempre detenida, permanece en un territorio sublime, pero a la vez espectral. Los pocos momentos que la película se permite adentrar en poéticas más aparentes, corresponden a pequeños intersticios en que palabras se funden sobre el plano, contando relatos sobre el paso del tiempo y los pequeños rituales que le acompañan. La voz de sus habitantes introduciéndose de forma más directa en el entretejido de la película, en un espacio que permanece imperturbable, en que lo humano es por sobre todas las cosas… transitorio.
Entonces esa fue mi experiencia. Quedé incómoda, adolorida e impotente; esa es mi reacción como una santiaguina culiá, como alguien que puede olvidarse de la muerte sin mayor problema. ¿Cómo la verían en la Región de Magallanes? yo no puedo decir, pero puedo creer que la verían como algo real.
Eleonor Figueroa, salatecóloga.
